Un matrimonio de desconocidos

Llevan siglos engañándonos. Desde hace cientos de años nos vienen con el rollo de las almas gemelas. El primero en vendernos la moto fue Platón, con su teoría de que somos seres incompletos, divididos en dos mitades condenadas a encontrarse (o no) por azar. Del resto del trabajo se encargó Hollywood y la sensiblería de las películas románticas. ¿Existe tu media naranja?
 


El matrimonio que nunca fue
En Cádiz existe un perturbante ejemplo de cómo el engaño llega a todos los ámbitos. Si visitáis su Museo Arqueológico no pasaréis de largo por dos de sus piezas más impactantes: dos sarcófagos de época fenicia, la tumba de un hombre y de una mujer, dispuestas la una junto a la otra. Aún hoy, muchas personas las llaman “el matrimonio del museo de Cádiz”, pasando por alto el “insignificante” detalle de que casi medio siglo de vida (o muerte) separa a ambas esculturas.
El arqueólogo Pelayo Quintero
La historia de este extraño matrimonio comienza en 1887, cuando el arqueólogo Pelayo Quintero descubre un sarcófago fenicio con forma humana y rostro barbado. Se trataba de un hallazgo único. Todavía hoy, en 2012, solo se han encontrado diez esculturas de estas características en todo el mundo. Aquel encuentro supuso un punto de inflexión en la Historia de la arqueología y también en la vida de Quintero. El arqueólogo, quizás siguiendo la máxima “detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer” se empeñó en pensar que debía existir una compañera femenina para aquel misterioso fenicio barbado. Y así comenzó su búsqueda, prologada durante décadas, de un sarcófago femenino que hiciera pareja con el ya encontrado. Pelayo murió sin cumplir su sueño algunos años después. La sorpresa vino casi un siglo después del primer hallazgo. En 1980, en el trascurso de una excavación, aparece un sarcófago femenino en la ciudad de Cádiz. ¿El lugar? Justo debajo de la casa donde Quintero había vivido. Algunos, incluso, se atreven a señalar que el lugar del descubrimiento estaba situado justo debajo del dormitorio o incluso de la cama del arqueólogo. Cuenta la leyenda que la dama se aparecía en sueños a su buscador, sin que ese supiese interpretar el mensaje. Pelayo buscó por todo Cádiz, menos en el lugar que estaba bajo sus pies.
Cuando el sarcófago femenino apareció, todo el mundo estuvo de acuerdo en que se trataba de la esposa del primero. Sin embargo, estudios posteriores separan ambas esculturas en casi cuarenta años, lo que hace poco probable esta suposición. Pero el destino ha querido hacer de estos dos desconocidos un matrimonio que se muestra bien avenido frente a los visitantes que pasan por el Museo de Cádiz. ¿Qué ocurrirá cada noche cuando las luces se apagan en el arqueológico gaditano? ¿Discutirán? ¿Le echará en cara él a ella su relación secreta con el arqueólogo que tenía su cama justo por encima de su cabeza? ¿Le reprochará ella a él los siglos que estuvo sola bajo tierra?
La Historia hace parejas extrañas. Y de igual manera la Historia nos demuestra que puede existir el amor entre dos desconocidos. Pelayo Quintero se enamoró de la idea de una dama fenicia a la que persiguió toda su vida sin conocer. Los gaditanos se han enamorado de la idea de un matrimonio que nunca fue tal. 
Un consejo: si aún no habéis encontrado vuestra media naranja, mirad debajo del colchón, porque quizás os pase como al arqueólogo gaditano y esté más cerca de lo que pensáis. 
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9 comentarios en “Un matrimonio de desconocidos

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