Sevilla Póstuma

Llega noviembre, el mes de los muertos, y todos volvemos la mirada hacia el norte, hacia el cementerio de San Fernando. Sin embargo, hubo un tiempo no muy lejano en el que la relación del sevillano con la muerte era más cotidiana y no necesitaba usar la línea 10 de TUSSAM para acercarse a ella. Las calles del centro de Sevilla están llenas de referencias a los que ya no están, a la Sevilla Póstuma.

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Hasta 1852 no se inauguró el Cementerio de San Fernando, verdadero museo al aire libre que acoge los mausoleos de políticos, como Diego Martínez Barrio, cantantes, como Antonio Machín o toreros, como Juan Belmonte. Antes de esta fecha los camposantos estaban repartidos por la ciudad. Los ciudadanos más pudientes tenían su panteón en el interior de las iglesias. Los más modestos debían conformarse con sencillas tumbas en las cercanías de los templos. Algunos de estos cementerios parroquiales, que ahora son las plazas de Sevilla, siguen estando señalados por cruceros y altares callejeros.

Sin necesidad de desplazarse al barrio de San Jerónimo, en el corazón de la ciudad, la plaza de la Encarnación, tenemos otro cementerio con mucho “pedigrí”. El Panteón de Sevillanos Ilustres acoge bajo la bóveda de la iglesia de la Anunciación los restos de Fernán Caballero, los Bécquer, Arias Montano o la condesa de Lebrija.

También tenemos a difuntos en paradero desconocido. La plaza de Santa Cruz o la de la Magdalena lucen sendas placas en las que se señala que en ese espacio se encuentran las tumbas de Bartolomé Esteban Murillo y Juan Martínez Montañés respectivamente. ¿En qué punto exacto? Vaya usted a saber… La destrucción de las parroquias de la Magdalena y Santa Cruz que antaño ocuparon aquellos solares dejó la incertidumbre de la localización concreta de los nichos de tan ilustres artistas.

Con sus difuntos, por aquí y por allá, la relación del sevillano con la muerte era antaño más cercana. El callejero del Barrio de Santa Cruz nos da una pista sobre ello. En las cercanías de la Plaza de Doña Elvira las calles Vida y Muerte corren paralelas. Esta última, que ahora se llama calle de la Susona, acogió según la leyenda la calavera de la desventurada joven judía que cometió el error de enamorarse de un cristiano.

Otro espacio hispalense relacionado inevitablemente con noviembre es el Hospital de la Santa Caridad, un auténtico museo de la muerte, dedicado al sentido de ésta durante el Barroco. A la entrada de la iglesia, Finis Gloriae Mundi e In Ictu Oculi, las pinturas de Valdés Leal, nos recuerdan el inevitable final de la muerte. Incluso para la inmortal Sevilla.

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